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Genero

Día del niño en Paraguay marcadas a fuego en la memoria

¿Qué significa que no tuvieron la suerte de detener a las huestes enemigas? *

Hay cosas que uno no recuerda haberlas hecho o dicho hace un tiempo relativamente cercano. Me pasa a menudo eso, quizás más de lo que estoy dispuesta a admitir; sin embargo, hay situaciones acontecidas hace tanto tiempo que parecen marcadas a fuego en la memoria: y el Día del Niño en la escuela es una de ellas.

Cuando éramos muy niños, la chocolatada, muchas galletitas, sorpresitas o algún juguete eran la alegría máxima por sí misma; sin embargo, conforme nos hacíamos “grandes” en el Día del Niño debíamos recordar también una masacre.

Pero particularmente recuerdo una mañana de 1988 donde, mientras el sol de invierno entraba por uno de los grandes ventanales de nuestra clase, la profesora nos señalaba que abriésemos nuestros libros en la lectura sobre los Niños Mártires de Acosta Ñu.

En el cuarto grado, los niños y las niñas utilizábamos uno de los libros de lectura obligatorios del Ministerio de Educación del gobierno del General Stroessner. “Acosta Ñu” había sido concebido en el marco del Centenario de la Guerra 1870-1970, así que en ese momento a nadie -sobre todo a los adultos- parecía incomodar que la imagen de tapa fuera un niño soldado.

La “profe” nos narró con tanta pasión la batalla del 16 de agosto de 1869. La Guerra contra la Triple Alianza tiene esa característica en el Paraguay; aunque haya transcurrido más de un siglo, se siente como si fuera el mismo presente. Ella y nuestro libro decían que niños -como mis compañeros- se presentaron voluntariamente cuando el Mariscal quedó sin hombres para luchar contra los enemigos, los aliados. No fue extraño que, emocionados todos o casi todos, levantásemos las manos a la pregunta de que, si hubiera una guerra en la que hay que defender al país, lucharíamos como soldados.

En uno de los ejercicios de nuestro material de lectura, debíamos construir un párrafo utilizando cuatro expresiones: muerte colectiva, niños y ancianos, ejército invasor y batalla memorable. No recuerdo lo que escribí, pero a los diez años, ese día, regresé a casa convencida en que sería un soldado si mi patria lo necesitara, y detestaría profundamente a los odiosos brasileños.

Sin embargo, tuvieron que transcurrir más de 20 años después de estar en cuarto grado para aproximarme a entender lo que realmente sucedió con los niños y con las niñas en la guerra grande paraguaya, y aún mucho más en la batalla de Acosta Ñu. Aún me es muy difícil comprender, pero ya no siento un orgullo de tiempo presente sino una tristeza o herida como si fuera realmente mía, como si la cargase desde todos mis abuelos y abuelas.

¿En qué casos se levantan los monumentos?*

Aunque mis padres y yo compartimos el mismo día y la misma forma de festejos, mis abuelos no. Nacidos y criados bajo la llamada “era liberal”, el día del niño que hizo feliz a mi abuelo Bebo, a mi abuela Beba o a mi abuela Ana, se festejaba en otro día y bajo otra narrativa: el día de la niñez estaba estrechamente vinculada con la escuela porque el “festejado” reflejaba al prototipo ideal de ciudadano de la república: instruido, letrado. La fecha era del 13 de mayo haciendo parte de uno de los ejes principales del calendario cívico: la revolución de la independencia el 14 y 15 de mayo.

Sin embargo, papá, mamá y yo, escolarizados y en mi caso nacida bajo la dictadura, la fecha ya no era la misma, ni respondía al mismo espíritu. Con un espíritu ya forjado en los años antecedentes a la Guerra del Chaco (1932-1935), definitivamente tuvo que ver el ascenso de los militares al poder y con ellos, los nuevos contornos con los que se esperaba forjar al ciudadano: el patriotismo debía manifestarse idealmente con valores militaristas.

Cuando el Gral. Alfredo Stroessner asumió el gobierno en 1954, el “nuevo”Día del niño ya tenía algunos años de festejos, apoyado, sobre todo, en una política que el Estado había hecho suya: la narrativa de una historia paraguaya nacionalista.

Así, la maniobra militar llevada a cabo buscando resguardar la huida hacia el camino del norte del ejército al mando de Solano López, el 16 de agosto, día en que se libró la batalla de Acosta Ñu (Campo Grande para los brasileños) durante la Campaña de las Cordilleras, apenas unos días luego de caer la tercera capital del Paraguay, Piribebuy, se volvió un hito central del nuevo calendario cívico: el grado altísimo de heroísmo que alcanzaron los mártires niños soldados paraguayos.

¿Por qué, al recordar esta batalla se dice que no hay suficiente bronce? *

Mientras en los años ochenta, mi profesora vibraba testimonialmente hablando de los valerosos niños paraguayos que voluntariamente y con ayuda de sus madres se pusieron ropas de adultos, simularon tener rifles hechos de madera y se pintaron barbas y bigotes, hoy deberíamos poder analizar Acosta Ñu y su coyuntura como lo que realmente fue, un Crimen de Guerra o un Crimen de Lesa Humanidad cometido por el ejército aliado.

Los miles de niños/jovencitos que pelearon ese 16 de agosto desde las primeras horas de la mañana hasta las horas de la tarde antes que el sol se ponga frente a soldados profesionalizados (y curtidos y brutalizados por 4 años de guerra encima) que fácilmente les cuadriplicaban o quintuplicaban en número, tenían entre 10 a 15 años, siendo el grueso la edad comprendida entre 11 y 13 años. Y en ese frío de agosto, con el hambre golpeando desde diciembre del año anterior, no necesitaron pintarse barbas sobre sus rostros demacrados ni usar ropas que ni los adultos las tenían en forma. Y tampoco se presentaron voluntariamente.

El gobierno llevaba, desde comienzos de la guerra un estricto, riguroso y disciplinado control sobre la población civil, y este censo se manejaba como secreto de Estado. El alto mando del ejército no tenía más que revisar constantemente cada informe mensual de los jefes políticos de los pueblos y cotejarlos con los registros para saber, a ciencia cierta, de dónde y cuántos reclutas tendrían disponibles. Y eso, muchísimo antes que las propias madres vean llegar a las autoridades para llevarse a sus hijos.

A decir verdad, aunque la historia ha resaltado de manera especial la batalla de Acosta Ñu, el ejército paraguayo estaba conformado, básicamente desde la Campaña del Pykysyry (1868) en un 50% por estos jovencitos. Los niños paraguayos y sus madres no tenían opciones frente a la muerte. No tenían escapatoria física pero tampoco podían huir de la manera en que sus mentes y sus corazones habían sido forjados.

Con dificultades gigantescas para poder racionalizar la barbarie y enfrentar el trauma de haber sobrevivido como niño combatiente, como un agente partícipe de la violencia, muchísimos de estos jovencitos, de adultos, ni siquiera pudieron cobrar al principio su pensión asignada como veteranos.

Entre la vergüenza y ser señalados como bárbaros, ignorantes y fanáticos al poco tiempo de terminar la guerra, hasta ser considerados “héroes máximos” si aún vivían con 70 u 80 años en 1936, la sociedad que hasta decidió festejarlos con nombre de la promisoria niñez paraguaya, no había sido capaz de viajar al interior del corazón de estos niños. A esos ojitos que vieron lo que no todos los niños en la historia lo han visto colectivamente: el abismo donde la humanidad se devora a si misma.

Imagínate uno de los momentos de esa batalla. Escribe cuatro líneas. *

Miro a mi hijo Renato, que tiene 13 años y está sintiendo la falta de regalos como una despedida incómoda del Día del Niño a una transición hacia el Día de la Juventud. Y cierro mi libro, el libro Acosta Ñu que volví a usar, 33 años después para poder escribir estas líneas. Pienso en los niños, como mis hijos en la Campaña de las Cordilleras y sus madres; en los que fallecieron quemados en el campo grande, en los que fallecieron en el frío de la noche sin ser atendidos médicamente; en que llevaban algunos días sin comer; en los que sobrevivieron y pudieron escapar y en los que sobrevivieron -huérfanos- y fueron tomados como “recuerdos de guerra”para ser enviados como criados de servicio doméstico a alguna residencia en Buenos Aires, Montevideo o Rio de Janeiro.

También pienso en mi profesora y en esa poca capacidad y libertad que se tenía para asumir una postura crítica hacia nuestro pasado. Y como parte de esa simplificación histórica que muchas de las veces marcan las discusiones sobre la guerra, sumada a una alta intolerancia no ha permitido hacer lo único posible que como sociedad debiéramos realizar: una reparación histórica, comenzando como deben empezar todos los cambios fundamentales: internamente. Desde las responsabilidades que el Paraguay tuvo.

Ana Barreto Valinotti. Asunción, 1978.

Historiadora.

Fuente: el nacional.com.py

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