La derrota de Camilo Pérez abre una pregunta que incomoda al cartismo: ¿hubo una traición al candidato o una desobediencia a Horacio Cartes? La diferencia de votos entre la candidatura a intendente y la lista colorada de concejales pone bajo discusión la capacidad del jefe partidario para hacer cumplir su apuesta política.
A 48 horas de la caída colorada en Asunción, las acusaciones cruzadas dejan entrever una disputa que supera a Camilo Pérez. El excandidato habla de traición y desde la dirigencia le reclaman autocrítica. Pero detrás de esa pelea aparece una cuestión más profunda: si Camilo era la apuesta de Cartes, dejarlo sin respaldo también significaba dejar sin respuesta al jefe.
La candidatura no surgió al margen de la conducción cartista. Incluso la propia presentación política de Pérez señala que fue propuesto por Horacio Cartes y respaldado por Santiago Peña. Aunque obtuvo la candidatura formal en las internas, su origen político estuvo ligado a la decisión del presidente de la ANR. Por eso, el desenlace compromete también a quien lo eligió y promovió.
La pregunta incómoda es si esa decisión consiguió adhesión real o apenas alineamiento público. En una estructura vertical, acompañar al candidato en reuniones, fotografías y discursos puede confundirse con compromiso electoral. La derrota obliga a revisar cuánto de aquella unidad llegó efectivamente a las urnas.
El comparativo difundido por Ñandutí muestra que Pérez quedó por debajo de la lista colorada de concejales en las 45 seccionales de Asunción. El dato no significa que perdió contra Soledad Núñez en cada zona, pero sí expone que el respaldo a la ANR no se trasladó con la misma fuerza a la candidatura impulsada por Cartes.
La lista tuvo votos que el candidato del jefe no consiguió. Ahí está el núcleo político de la discusión. La estructura no desapareció: conservó capacidad para sostener las candidaturas a la Junta Municipal. Lo que falló fue la transferencia de ese respaldo hacia Camilo.
Pérez denunció una “tremenda traición” de algunos concejales después de reconocer la victoria de Soledad Núñez. Su acusación, sin embargo, abre un problema para la propia conducción: si dirigentes del oficialismo trabajaron contra el candidato, como sostiene, también habrían desobedecido la apuesta de Cartes.
Esa posibilidad convierte la derrota en algo más que un fracaso de campaña. Bajo esa hipótesis, una parte de la dirigencia habría priorizado su supervivencia electoral antes que el éxito del proyecto ordenado desde arriba. Habría acompañado al jefe en público y reservado su esfuerzo para sus propios candidatos.
Los resultados, por sí solos, no prueban una rebelión organizada. El elector también pudo votar por concejales colorados y rechazar libremente a Pérez. Pero ambas explicaciones incomodan al cartismo: si hubo desobediencia dirigencial, falló el control político; si hubo rechazo ciudadano, falló la capacidad de convencer con el candidato elegido.
Cartes queda frente a dos límites posibles de su liderazgo: no haber conseguido que todos sus dirigentes acompañaran su decisión o no haber logrado que los votantes la hicieran suya.
El reclamo de autocrítica hacia Camilo tampoco debería servir para proteger a quienes condujeron la operación política. Quien propone un candidato y concentra las decisiones participa del resultado. No resulta convincente presentar la candidatura como una expresión del liderazgo de Cartes durante la campaña y tratar la derrota como un problema exclusivo de Pérez después de la elección.
Santiago Peña también forma parte de esa revisión. Nicanor Duarte Frutos extendió sus cuestionamientos a la desconexión de funcionarios y miembros del gabinete con las necesidades ciudadanas. Ese señalamiento obliga a analizar si el vínculo del Gobierno con las bases ayudó a sostener la candidatura o terminó debilitándola.
La preocupación colorada debería ir más allá de identificar quién cruzó votos. Lo que está en discusión es cuánto vale hoy una decisión del jefe cuando baja a la estructura y llega al electorado. Una orden puede producir una fotografía de unidad; no necesariamente produce una victoria.
La vieja máxima atribuida al fallecido Luis María Argaña —que “cualquier Pato Donald puede ganar, siendo colorado”— resumía la confianza en una maquinaria capaz de imponerse con cualquier candidato. La referencia a Pato Donald quedó instalada como símbolo de esa supuesta garantía electoral.
Esta vez, la maquinaria sostuvo a sus concejales, pero no alcanzó para consagrar al elegido de Cartes. Y mientras todos buscan dónde descargar la responsabilidad, “Camilo, de ser un Pato Donald, pasó a ser el pato de la boda”.
