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Peña, Atlas y el arte de dispararse al pie

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En un país donde la institucionalidad es frágil y la economía depende de la confianza más que de políticas sólidas, el presidente Santiago Peña decidió dar una clase magistral… de lo que no se debe hacer. En un arranque que mezcla vendetta personal, falta de cálculo político y un preocupante uso del poder, Peña apuntó directamente contra el Banco Atlas, propiedad del Grupo Zuccolillo, en lo que ya se percibe como una pelea sin guantes entre el Ejecutivo y el holding mediático más poderoso del país.

¿Qué dijo? ¿Qué quiso decir?

Lo que empezó como una crítica al “sesgo” de ABC Color, terminó en un ataque frontal a una entidad bancaria regulada, con insinuaciones graves que ni siquiera la Superintendencia de Bancos se animaría a sugerir sin pruebas. No fue un error. Fue deliberado. Y eso lo vuelve más peligroso.

Peña no distingue entre su cargo y sus emociones. Usa la banda presidencial como escudo para ajustar cuentas. Se comporta más como un influencer dolido que como un estadista. Y en el exterior, eso no pasa desapercibido.

Offshore: el ruido de lo que se quiso tapar

Como telón de fondo, la investigación publicada por ABC sobre las sociedades offshore de Francisco Peña, hermano del presidente, revela que no se trataba solo de una disputa política. El fuego cruzado tiene razones más personales (y patrimoniales) que ideológicas. El intento de desacreditar al grupo responde, entre otras cosas, a un intento desesperado por desviar la atención. Pero el tiro salió por la culata.

Porque mientras Peña grita contra un banco, el dato de que su hermano armó estructuras financieras opacas en el extranjero comienza a ganar terreno. Y aunque una parte del electorado no entienda los detalles, el mensaje empieza a calar: algo huele mal en Mburuvicha Róga.

¿Y el impacto real?

El Banco Atlas no perderá clientes de forma masiva. Tiene una estructura enfocada en plásticos (tarjetas), no en grandes cuentas. Su “base” no va a salir corriendo. Pero el mensaje hacia otros bancos, inversionistas y organismos multilaterales es otro: en Paraguay, el presidente puede usar su cargo para atacar a un banco, si este pertenece a alguien que le molesta. Eso no genera confianza. Eso espanta capitales.

En un país serio, esto no pasaría. Pero en Paraguay, el presidente que fue ministro de Hacienda, técnico del FMI y promesa de la ortodoxia económica, se transforma en un tuitero belicoso que confunde el Estado con su cuenta personal.

La pelea que nadie pidió

Lo peor es que esta pelea no resuelve nada. No mejora la economía. No combate la pobreza. No genera empleos. Solo refleja un poder que no sabe contenerse. Y si algo quedó claro, es que Peña no maneja bien sus emociones. El poder lo sobrepasa. Y cuando eso ocurre, la política se convierte en drama personal. Y la economía, en daño colateral.

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