Desde el Gobierno repiten una palabra hasta el cansancio: “diálogo”.
Hablan de diálogo los ministros. Hablan de diálogo los senadores. Hablan de diálogo los diputados oficialistas. Hablan de acercar posiciones, escuchar a los médicos y encontrar una salida.
Pero cuando la crisis golpea directamente las puertas del Palacio de Gobierno y llega el momento de que el presidente Santiago Peña explique personalmente qué piensa hacer, las respuestas concretas siguen sin aparecer.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿de qué diálogo hablan?
No alcanza con enviar ministros, convocar conferencias de prensa y repetir frases preparadas mientras médicos especialistas presentan renuncias y los gremios advierten sobre nuevas medidas de fuerza.
El lunes, tres figuras centrales del Ejecutivo —la ministra de Salud, María Teresa Barán; el ministro de Economía, Óscar Lovera, y el jefe de Gabinete, Javier Giménez— comparecieron ante los medios para hablar de mayores recursos, compra de insumos y pago de deudas. Sin embargo, el principal reclamo salarial de los médicos quedó nuevamente sin una respuesta que permita cerrar el conflicto.
Y mientras desde los despachos se habla de prudencia, presupuesto y diálogo, la gente necesita médicos hoy.
LA BOMBA NO EXPLOTÓ DE LA NOCHE A LA MAÑANA
La crisis médica no nació esta semana.
Hace años que el sistema público acumula reclamos por falta de medicamentos, insumos insuficientes, sobrecarga laboral, guardias extenuantes, salarios cuestionados y condiciones que llevan a profesionales especializados al límite físico y mental.
En distintos puntos del país, además, persisten enormes necesidades sociales vinculadas a la alimentación, la nutrición infantil y la asistencia a comunidades vulnerables.
Por eso resulta insuficiente presentar nuevas construcciones como la gran respuesta del Estado.
¿De qué sirven hospitales nuevos si dentro faltarán médicos, medicamentos, equipamientos o insumos básicos?
Un edificio no cura.
Una inauguración no reemplaza a un terapista.
Una fotografía cortando una cinta no sustituye a un anestesiólogo pediátrico.
Y un hospital vacío de recursos humanos puede convertirse simplemente en otro elefante blanco pagado por todos los paraguayos.
EL PRESIDENTE NO PUEDE ESCONDERSE DETRÁS DE SUS MINISTROS
Santiago Peña es el presidente de la República.
Es quien conduce el Poder Ejecutivo, quien define prioridades políticas y quien finalmente debe asumir la responsabilidad por las decisiones de su administración.
En una crisis de esta magnitud no basta con delegar la comunicación.
El país necesita escuchar de su presidente qué propuesta existe, cuánto dinero puede destinarse, cuál es el cronograma y qué medidas concretas se tomarán para impedir que más especialistas abandonen el sistema público.
Dar la cara también forma parte de gobernar.
Un presidente no solamente aparece para anunciar inversiones, inaugurar obras o celebrar buenas noticias. También debe estar presente cuando el Estado enfrenta sus momentos más difíciles.
Si realmente existe voluntad de diálogo, Santiago Peña debe demostrarla públicamente.
¿DE QUÉ “DIÁLOGO” HABLAN SI LAS SOLUCIONES ESTÁN EN SUS MANOS?
El Ejecutivo conoce los reclamos.
Sabe cuáles son las necesidades presupuestarias.
Conoce las condiciones laborales denunciadas por los médicos.
Tiene al Ministerio de Salud.
Tiene al Ministerio de Economía.
Tiene mayoría política suficiente para impulsar acuerdos en el Congreso.
Tiene las herramientas administrativas para presentar modificaciones presupuestarias y establecer un plan gradual.
Entonces, ¿qué falta?
Falta decisión política.
El Gobierno puede discutir montos, plazos y mecanismos. Lo que ya no puede hacer es comportarse como si todavía estuviera descubriendo un problema que lleva años creciendo frente a sus ojos.
Cada día perdido profundiza el deterioro.
Cada especialista que abandona un hospital deja pacientes detrás.
Cada servicio que queda debilitado tiene consecuencias concretas sobre familias que no pueden pagar atención privada y dependen exclusivamente del sistema público.
PEÑA DEBE DAR LA CARA
La discusión ya superó la pelea salarial entre un gremio y el Gobierno.
Esto se convirtió en una discusión sobre qué sistema de salud quiere ofrecer el Estado paraguayo a su población.
Por eso Santiago Peña debe asumir personalmente la conducción política de esta crisis, sentarse con los médicos y presentar una salida concreta.
No más conferencias para anunciar que seguirán conversando.
No más discursos circulares.
No más intermediarios incapaces de explicar cuándo llegará una solución.
El Paraguay no necesita que el Gobierno hable de diálogo. Necesita que dialogue y resuelva.
Porque mientras desde Mburuvicha Róga discuten números, plazos y discursos, en los hospitales públicos hay pacientes esperando atención.
Y cuando el Estado conoce una crisis, tiene herramientas para enfrentarla y aun así permite que se agrave, también debe asumir la responsabilidad política por sus consecuencias.
Presidente Peña: dé la cara. La salud pública no puede seguir esperando.
