Opinión | Por Toribio R. Troche – Empresario del rubro odontológico y director de Stockdent SRL
El llamado “Caso Jaeggli” no trata solamente de una persona. Representa a muchos hombres y mujeres mayores que, aun con los años encima, siguen activos, lúcidos y con ganas de participar de la vida social, cultural y comunitaria.
El señor Jaeggli tiene 78 años. A esa edad, continuar vinculado a los espacios que formaron parte de su historia no es un capricho ni un privilegio: es una forma de mantenerse vivo, conectado y útil. Para muchos adultos mayores, estos ámbitos son más que un lugar físico; son su red social, su rutina, su motivación diaria y, en muchos casos, su principal fuente de bienestar emocional.
Aplicar una sanción prolongada sin considerar la edad, la trayectoria y el impacto humano de la decisión es ignorar una realidad básica: el tiempo no se mide igual a los 30 que a los 78. Cinco años para un adulto mayor pueden significar la pérdida definitiva de un espacio que le da sentido a su presente.
Las instituciones existen para ordenar la convivencia, no para borrar a las personas de su propia historia. El respeto por los reglamentos no debería estar reñido con el respeto por la dignidad humana. El sentido común indica que la justicia verdadera no es solo legal, sino también proporcional y empática.
Este caso invita a reflexionar sobre cómo tratamos a nuestros adultos mayores. No como una carga, no como un estorbo, sino como personas que todavía tienen derecho a participar, a pertenecer y a disfrutar de lo que aman.
Porque llegar a viejo y seguir activo no debería ser castigado.
Debería ser valorado.
Y porque mañana, todos, sin excepción, vamos a querer lo mismo: seguir siendo parte.
Sobre el autor
Toribio R. Troche es empresario del sector odontológico y director de Stockdent SRL, firma dedicada a la comercialización de equipamientos y materiales para el área dental. La empresa cuenta con una década de experiencia en el mercado nacional.

