La presencia de Laurys Dyva, creadora de contenidos eróticos y figura habitual de la farándula, en un evento por el Día del Niño en Curuguaty desató un vendaval de opiniones. Contratada por un local comercial para animar a unas 5 mil criaturas, la influencer llegó como una celebridad, saludó vestida de “princesa” y fue recibida por gritos y celulares en alto. La postal, pensada para el festejo, terminó convertida en trending topic.
En redes, el choque fue inmediato, mientras un sector celebró la convocatoria y el “show familiar”, otro cuestionó con dureza la decisión empresarial de llevar a una figura asociada al contenido para adultos a un encuentro infantil. Para estos últimos, el episodio expone los límites difusos entre marketing, entretenimiento y responsabilidad social; para los defensores, se trató de una presentación pública sin contenido inapropiado.
La polémica creció aún más al recordarse que Laurys Dyva declaró tener aspiraciones políticas, incluso a la Presidencia. Entre aplausos y críticas, el caso deja una pregunta incómoda: ¿quién marca la línea en los eventos para niños, la marca, los padres, las autoridades locales, y qué peso tiene la reputación pública de los contratados cuando el público es infantil? En Curuguaty, el debate ya quedó instalado.

