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Dom 26 abril 2026

Santiago Peña: el Presidente que no lidera

En la más reciente reunión con su gabinete, el presidente Santiago Peña pidió a sus ministros “redoblar, triplicar los esfuerzos”, y lanzó una frase que, lejos de mostrar fortaleza, desnuda una profunda debilidad en su liderazgo: invitó a quienes no se sientan capaces de continuar, a que den un paso al costado.

A casi dos años de haber asumido el poder, Peña todavía habla como si recién estuviera evaluando a su equipo. Como si aún no supiera quiénes son sus ministros, ni qué capacidad tienen. ¿No es acaso él quien los eligió? ¿No es su deber fijar objetivos claros, supervisar su cumplimiento y tomar decisiones firmes ante el fracaso? Lo que se espera de un presidente no es un pedido casi lastimero para que renuncien los que “no pueden más”, sino una conducción firme, con metas precisas y decisiones ejecutivas.

Peña demuestra, una vez más, que no lidera. Que se limita a observar desde el palco mientras cada ministro improvisa “lo que puede”, en un país golpeado por una inseguridad creciente, con instituciones frágiles, y con una ciudadanía que ya no cree en las promesas del poder. No basta con hablar de “grandes números macroeconómicos” si esos números no se traducen en mejoras reales para la gente. No basta con convocar a la voluntad cuando el pueblo exige resultados.

Este gobierno parece vivir en piloto automático, sin rumbo, sin dirección, sin un plan visible que articule las políticas públicas en áreas tan sensibles como la seguridad, la salud, la educación o el empleo. Y en lugar de ejercer el poder que le fue conferido por las urnas, el presidente prefiere delegar esa responsabilidad en sus subordinados, como si no fuera él el comandante del barco.

Su mensaje, tibio y vacilante, revela mucho más de lo que él mismo quisiera admitir: que está desbordado, que carece de un verdadero equipo de gestión, y lo peor, que no está dispuesto a asumir plenamente el costo político de las decisiones que su cargo exige. ¿Dónde está la autoridad presidencial cuando el país necesita orden y dirección? ¿Dónde está la mano firme que ponga límites, que exija rendición de cuentas, que despida a los incapaces y recomponga el rumbo?

El Paraguay no necesita a un presidente que haga llamados a la conciencia de sus ministros, sino a un jefe de Estado que lidere con claridad, coraje y responsabilidad. Lo contrario es abdicar del rol que juró cumplir ante la Nación. Y si Peña no está dispuesto a ejercer ese liderazgo, tal vez debería considerar su propio consejo: dar un paso al costado. Porque el país no puede esperar más.

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