La oposición paraguaya no está perdiendo solamente contra el Partido Colorado. Está perdiendo contra sus propios egos, sus divisiones, sus traiciones y su incapacidad para sostener a las pocas figuras que todavía pueden representar una alternativa electoral.
Hoy, esos nombres son principalmente Soledad Núñez y Miguel Prieto.
Ambos lograron instalarse por fuera de las estructuras tradicionales y construir una imagen con alcance nacional. Sin embargo, en lugar de rodearlos con equipos, organización y una estrategia común, gran parte de la oposición parece trabajar para desgastarlos, aislarlos o directamente sacarlos del camino.
A poco más de 60 días de las elecciones municipales, Soledad Núñez aparece prácticamente sola dentro de una alianza que tiene muchos dirigentes en las fotografías, pero muy poca fuerza real en las calles.
A su alrededor se acomodaron políticos sin partidos sólidos, sin votos propios y sin capacidad de movilización. Anuncian respaldos, firman acuerdos y aparecen en actos, pero ese supuesto apoyo no se traduce en estructura territorial, equipos de campaña ni crecimiento electoral.
Muchos parecen estar simplemente colgados de la figura de Soledad Núñez, esperando obtener un beneficio personal de su candidatura.
La oposición no construyó un proyecto alrededor de ella. Construyó una ronda de intereses.
Dentro de su propio entorno también se cuestiona que Núñez se maneja en un circuito demasiado cerrado, donde resulta difícil acercar propuestas, discutir ideas o participar de las decisiones importantes. Si esa percepción es correcta, la responsabilidad no recae únicamente en quienes la rodean. Una candidata que pretende liderar una alianza amplia tampoco puede encerrarse en un pequeño círculo mientras afuera crecen el desorden, el malestar y la desconexión.
Pero el problema es todavía más profundo.
Los dirigentes que perdieron frente a Soledad Núñez en las mediciones tampoco demostraron tener votos propios ni capacidad para sumar. No construyeron equipos, no movilizan barrios y no lograron convertirse en una fuerza que pueda fortalecer su candidatura.
Algunos parecen esperar que pierda.
Esa es una de las miserias más evidentes de la oposición paraguaya: para ciertos dirigentes, la derrota de un aliado puede ser más conveniente que su victoria. Prefieren que caiga una figura con posibilidades antes que aceptar un liderazgo que no controlan.
Con Miguel Prieto ocurre algo parecido.
Prieto es, actualmente, una de las pocas figuras opositoras que habla con claridad de las elecciones presidenciales de 2028. Tiene reconocimiento, una base política propia y una narrativa electoral definida. Sin embargo, tampoco dedicó suficiente tiempo a construir una estructura nacional ordenada.
Avanza principalmente con su figura personal, acompañado por sectores dispersos, dirigentes desplazados y retazos de partidos que ya no encontraron espacio en sus propias organizaciones.
Aun así, en lugar de fortalecerlo como una opción competitiva, parte de la oposición parece más interesada en debilitarlo. Algunos incluso consideran que su eventual exclusión política o judicial podría resultar conveniente para liberar el camino de otros aspirantes.
En otras palabras, a ciertos opositores les convendría que Soledad Núñez pierda y también que Miguel Prieto quede fuera de carrera.
No quieren construir alrededor de las figuras que tienen posibilidades. Quieren eliminarlas para volver a repartirse una oposición cada vez más pequeña.
En ese escenario aparece el Partido Liberal Radical Auténtico intentando instalarse nuevamente como la segunda gran fuerza política del país y como supuesto eje de cualquier proyecto opositor.
El problema es que ni siquiera el propio PLRA consigue ponerse de acuerdo internamente.
El partido que pretende conducir a toda la oposición está dividido en mil pedazos. Sus movimientos, dirigentes y liderazgos compiten entre sí, se desconocen mutuamente y no logran construir una posición común ni siquiera sobre sus propias candidaturas.
Ahora intenta presentar una imagen de recambio porque tiene un nuevo presidente. Sin embargo, ese supuesto proceso de renovación nace marcado por cuestionamientos a su anterior administración municipal y denuncias sobre presuntas malas prácticas.
Cambiar un nombre en la conducción no significa renovar un partido.
El PLRA continúa arrastrando sus viejas disputas, sus ambiciones internas y su incapacidad para convertirse en una organización capaz de unir a la oposición. A pesar de eso, presiona para imponer su condición de segunda fuerza y exige ocupar el centro de cualquier alianza nacional.
Quiere liderar, pero no puede ordenar su propia casa.
La pelea por las presidenciales de 2028 agrava todavía más esa fractura. Sectores liberales no parecen dispuestos a acompañar naturalmente a Miguel Prieto y buscan instalar la idea de que la candidatura debe pasar obligatoriamente por el PLRA.
En lugar de discutir quién tiene mayor aceptación, capacidad electoral o posibilidades reales de derrotar al oficialismo, vuelven a imponer la lógica de las siglas, las cuotas y los intereses partidarios.
El resultado es que Soledad Núñez queda aislada dentro de una alianza sin estructura, mientras Miguel Prieto comienza a ser tratado como un adversario por quienes deberían discutir con él la construcción de una alternativa nacional.
Los dos liderazgos opositores más visibles terminan atacados desde adentro.
El Partido Colorado observa ese espectáculo y no necesita hacer demasiado. Sus adversarios realizan el trabajo por él.
Cada división del PLRA, cada operación contra Prieto, cada dirigente que se cuelga de Soledad sin aportar votos y cada traición dentro de las alianzas opositoras termina fortaleciendo al oficialismo.
Todos hacen “patria”, pero a favor del Partido Colorado.
La oposición sigue esperando la aparición de otro Fernando Lugo, una figura capaz de juntar por sí sola todas las piezas rotas. Pero ese liderazgo ya no existe y probablemente no vuelva a aparecer de la misma manera.
El desafío actual consiste en reconocer y respetar a los nuevos referentes.
Soledad Núñez y Miguel Prieto no necesitan más dirigentes posando a su lado. Necesitan equipos, estructura, apertura política, disciplina y un proyecto común.
También necesitan entender que una figura electoral, por sí sola, no alcanza.
Soledad debe abrir su círculo y convertir la alianza en una verdadera organización política. Prieto debe dejar de avanzar únicamente sostenido por su imagen y construir una estructura nacional que no dependa exclusivamente de su liderazgo personal.
Pero, al mismo tiempo, el resto de la oposición debe decidir si realmente quiere ganar o si solamente pretende sobrevivir.
El pronóstico para las municipales es preocupante. La falta de construcción opositora puede facilitar otros cinco años de administración colorada en Asunción. No necesariamente porque el oficialismo presente el mejor proyecto, sino porque enfrente no existe una fuerza suficientemente ordenada para disputar el poder.
Para 2028, el escenario podría ser todavía peor.
Si Soledad Núñez termina desgastada y derrotada, Miguel Prieto es apartado o debilitado y el PLRA continúa dividido mientras exige encabezar todo, no habrá renovación. Habrá más copamiento colorado.
Y no podrán responsabilizar únicamente al aparato oficialista.
La responsabilidad será también de una oposición que no construye, no respeta liderazgos, no trabaja en equipo y convierte a sus propias figuras en enemigos.
Soledad Núñez y Miguel Prieto son dos de los pocos nombres que todavía pueden representar algo diferente. Sin embargo, la oposición parece decidida a destruirlos antes de permitirles conducir.
Mientras continúe esa lógica, no será una alternativa de poder.
Será apenas una fábrica de derrotas al servicio del Partido Colorado.
