La reacción del Gobierno de Santiago Peña parece depender del escenario, las cámaras y el impacto mediático. Cuando la senadora Celeste Amarilla lanzó expresiones ofensivas contra el futbolista francés Kylian Mbappé, prácticamente todo el aparato estatal se movilizó para despegar al Paraguay de sus declaraciones.
La Cancillería emitió un comunicado, el Gobierno condenó públicamente las expresiones y Peña incluso escribió al presidente francés, Emmanuel Macron, para presentar disculpas y aclarar que las palabras de la legisladora no representaban al país. Una movilización diplomática de primer nivel por las declaraciones personales de una senadora contra un jugador de fútbol.
Sin embargo, cuando el propio presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, afirmó que “un buen día Paraguay decidió invadir Brasil”, reduciendo una de las mayores tragedias de nuestra historia a una explicación conveniente para justificar el gasto militar brasileño, el Gobierno paraguayo desapareció.
Hasta el momento, ni Santiago Peña ni el Ministerio de Relaciones Exteriores respondieron con la misma firmeza. No hubo una protesta diplomática contundente, una convocatoria al embajador brasileño ni un comunicado oficial en defensa de la memoria histórica paraguaya. El silencio resulta todavía más grave porque las expresiones no provinieron de un ciudadano particular, sino del jefe de Estado del país vecino.
El sábado, el presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Latorre, fue una de las primeras autoridades en responder. Posteriormente se pronunció el titular del Congreso, Basilio Núñez. Mientras tanto, desde el Poder Ejecutivo y la Cancillería predominó un silencio difícil de justificar.
El contraste expone con claridad las prioridades del Gobierno. Cuando existen luces, repercusión internacional y una oportunidad para mostrarse ante las cámaras, Peña aparece rápidamente. Pero cuando corresponde defender la historia, la dignidad y los intereses nacionales frente a una potencia regional, el mandatario guarda silencio.
Las relaciones entre Peña y Lula ya mostraban señales de distanciamiento. En diciembre de 2025, ambos gobiernos habilitaron por separado el Puente de la Integración, entre Presidente Franco y Foz de Yguazú, ante la falta de coordinación diplomática. Peña llegó a reclamar públicamente esa situación y reconoció que el desacuerdo le había dejado un “sabor amargo”.
A esto se suma el acercamiento estratégico de Paraguay a Estados Unidos, una relación especialmente importante para el sector político liderado por Horacio Cartes. Sin embargo, ninguna alianza internacional debería llevar al Gobierno a descuidar el vínculo con Brasil ni, mucho menos, a tolerar en silencio declaraciones que distorsionan la historia paraguaya.
Brasil es el vecino más grande del Paraguay, un socio comercial determinante y una potencia que históricamente buscó imponer sus intereses en la región. Precisamente por eso, la relación bilateral requiere equilibrio, diplomacia y firmeza, no sumisión ni silencios convenientes.
El Gobierno no necesitaba montar un espectáculo ni iniciar una crisis diplomática. Bastaba un pronunciamiento institucional serio, defendiendo la memoria nacional y rechazando una interpretación histórica parcial e innecesariamente ofensiva.
Pero ni siquiera eso ocurrió. Para el Gobierno de Santiago Peña, aparentemente, una declaración contra un futbolista francés merece más atención que una afrenta contra la historia del Paraguay.
