En política, muchas veces los discursos duran menos que una cena. Lo que ayer era motivo de escándalo, hoy parece no merecer siquiera un comentario, dependiendo de quién sea el protagonista.
Hace un tiempo, parte del oficialismo colorado cuestionó con dureza al embajador estadounidense Marc Ostfield luego de que declarara al expresidente Horacio Cartes «Significativamente corrupto». A partir de esa declaración, las redes sociales y referentes del cartismo no tardaron en convertir sus preferencias sexuales en blanco de críticas y burlas despiadadas.
Sin embargo, cuando en otras delegaciones extranjeras ponen de manifiesto las mismas preferencias que el exembajador americano, nadie dice nada. Incluso, si se llevan de “paseo” a Taiwán, en carácter de cocinero, a un conocido comunicador que nada tiene que ver con la gastronomía pero si comparte las preferencias del funcionario extranjero (Por cierto ¿Tendrá este dato el Embajador?. En este caso, vaya uno a saber porque, aparece un silencio resulta llamativo. Ya no hay indignación, ni cuestionamientos, ni campañas en redes sociales.
La pregunta surge casi de manera inevitable: ¿el problema realmente eran las preferencias de Marc Ostfield o la declaración contra Horacio Cartes?
Si la respuesta es la segunda, entonces las preferencias de Ostfield nunca fueron el verdadero debate y esta nota no tiene ningún sentido. Simplemente fueron utilizadas esas preferencias como una herramienta para desacreditar a quien había osado cuestionar a uno de los principales referentes del movimiento.
La coherencia debería ser una virtud en la política. Si ciertos comportamientos son considerados criticables, deberían serlo sin importar quién los protagonice. Y si no representan ningún problema, entonces tampoco deberían utilizarse selectivamente para atacar a determinados actores.
La sociedad paraguaya observa estas contradicciones y saca sus propias conclusiones. Porque la verdadera discusión nunca fueron las preferencias de cada uno, sino cómo algunos sectores cambian de criterio según la conveniencia del momento.
Quizás el episodio deje una enseñanza sencilla: en política, muchas veces no importa el menú. Lo que cambia es el comensal.
Fuente: InformatePy
